Ser moral, tener buenas costumbres, tener virtud, todo esto
significa practicar la obediencia hacia una ley y una tradición fundadas desde hace largo tiempo. Que uno se someta a ellas con dificultad o con agrado es indiferente: basta someterse. Aquel que se llama «bueno» es, en resumen, el que por naturaleza, por efecto de larga herencia, y por lo tanto, con facilidad y gusto, procede conforme a la moral, cualquiera
que ella sea; por ejemplo, vengarse, si vengarse es, como entre los griegos antiguos, una buena costumbre. Se le llama bueno, porque es bueno para «algo», así como la benevolencia, la piedad, la deferencia, la moderación, etcétera, concluyen en el cambio de costumbres por ser siempre sentidas como «buenas para algo», como útiles; así más tarde
sólo se llama «bueno» al benévolo, al caritativo. En el origen eran otras especies más importantes de utilidad las que ocupaban lugar preferente. Ser malvado es ser no moral (inmoral), practicar la inmoralidad, resistir a la tradición por irracional o absurda que sea; el
daño hecho a la comunidad (y al prójimo que en ella está comprendido) ha sido, por otra parte, en todas las leyes morales de diversas épocas, considerado principalmente como la inmoralidad en sentido propio, al punto que hoy la palabra malvado nos hace desde luego pensar en el daño voluntario hecho al prójimo y a la comunidad. No es entre egoísta» y «altruista» la diferencia fundamental que ha llevado a los hombres a distinguir lo moral de lo inmoral, lo bueno de lo malo, sino que más bien entre el apego a una tradición, a una ley, y la tendencia a independizarse de ella. Cómo haya la tradición nacido es, desde este punto de vista, indiferente; en todo caso, sin relación al bien o al mal, o cualquier imperativo inmanente o categórico, sino atendiendo principalmente a la conservación de una comunidad, de una raza, de una asociación, de un pueblo; todo hábito supersticioso, que
debe su nacimiento a una accidente interpretado erróneamente, produce una tradición que es moral seguir; independizarse de ella es peligroso, más nocivo aún a la sociedad que al individuo (porque la divinidad castiga el sacrilegio y toda violación de sus privilegios en la
comunidad, y por ende en el individuo). Por consiguiente, toda tradición se hace más respetable a medida que su origen se aleja, que está más olvidado; el tributo de respeto que se le debe va acumulándose de generación en generación, la tradición acaba por hacerse sagrada e inspirar veneración, y así la moral de la piedad es una moral mucho más antigua que la que demanda acciones altruistas.

